La primera versión del dinero que se parece al dinero que llevamos en la bolsa fue producto de una tecnología revolucionaria de la que fueron pioneras las antiguas civilizaciones pre-cristianas: la metalurgia, el oficio de fundir metales. Esta tecnología permitió crear monedas, pequeñas y livianas para poder llevarlas a todas partes.

El oro fue el metal destacado en la acuñación de monedas ya que cuenta con un par de características únicas. En primer lugar, es prácticamente imposible que se arruine y no se puede simplificar con otros materiales. Por otro lado, si queremos oro, la única manera de encontrarlo en cantidades considerables es cavando en la tierra. Debemos tener en cuenta que cuanto más oro obtengamos, más profundo tendremos que cavar para hallar más cantidades de este metal, lo que significa que, aunque las tecnologías de extracción de oro mejoren, el suministro del mismo crece lenta y previsiblemente.
Si se combinan todas estas características, se obtiene un material eficaz como depósito de valor, volviéndolo comerciable a lo largo del tiempo. Las personas no tardaron en percatarse de esto. El rey Creso encomendaba a Grecia monedas de oro hace más de 2,500 años.

Esta relación de dinero y oro sólo duro en los siglos XVIII, XIX y XX. Este período quedó en la historia como la era del dinero sólido. Pero antes de definir este término, analicemos el presente para entender el rumbo hacia donde podrían ir las cosas.
Esos siglos estuvieron marcados por los avances en las comunicaciones y el transporte. Gracias a las tecnologías, como el telégrafo y los trenes, tanto a las personas como las mercancías les fue mucho más fácil llegar prácticamente a cualquier punto. Eso, al mismo tiempo, demandó el uso de métodos de pago mucho más prácticos, como los cheques bancarios, recibos de papel y billetes. Sin embargo, había que tratar de convencer a los empresarios y consumidores para implementar estas nuevas formas de operaciones de dinero y que aceptaran que esos trozos de papel tenían un valor para comprar y vender.

Para generar dicha confianza, los gobiernos de todo el mundo tuvieron la idea de imprimir papel moneda sustentado por metales preciosos, almacenado en bóvedas. Los principales países europeos hicieron uso del oro como el metal valioso que respaldaba sus billetes. Los ingleses tuvieron a Isaac Newton, como primer director de la Real Casa de la Moneda en ese momento, incorporando el «patron oro» en 1717. Ya en el año 1900, unos 50 países más habían seguido el mismo camino usando el mismo patrón. El oro pasó a ser cada vez más negociable (y por lo tanto más valioso) tan pronto como más países emitian papel moneda respaldado por reservas de oro. Se trataba de dinero sano: los mercados habían elegido libremente el oro como el mejor depósito de valor, y el dinero estaba ahora respaldado por él.
Proximamente la 4a. entrega de «Camino al Bitcoin»…






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