Durante siglos, se ha dicho que política y religión no deben mezclarse. Que lo mejor es mantenerlas en extremos distintos del debate público. En México le aplauden a Benito Juárez el hecho de haberlas separado. Pero… ¿de verdad están tan lejos como creemos el día de hoy?

Ambas tienen algo en común: modelan el comportamiento humano. Una desde el poder, la otra desde la conciencia. Una legisla, la otra orienta. Pero en muchos momentos de la historia, han caminado tomadas de la mano, para bien o para mal.

La política y la religión tienen algo en común: modelan el comportamiento humano.

Un primer ejemplo lo encontramos en las escrituras bíblicas. Dios le prometió al pueblo de Israel una tierra que «fluía leche y miel», símbolo de abundancia y plenitud. Pero al llegar, descubrieron que esa tierra ya estaba habitada. La promesa divina incluía una misión política y militar: conquistar el territorio y eliminar a quienes lo ocupaban. La fe se convirtió en mandato, y el mandato, en justificación para la guerra. Así, lo espiritual y lo territorial se fundieron en una sola estrategia.

¿Era religión o era geopolítica? ¿O ambas disfrazadas una de la otra?

La religión puede ser usada como escudo o como lanza. Y la política, cuando pierde su brújula ética, muchas veces busca refugio en discursos moralistas para recuperar legitimidad. ¿Hipocresía? A veces. ¿Necesidad? También. Porque al final del día, la fe de un pueblo influye en su manera de votar, protestar o callar.

La promesa divina incluía una misión política y militar: conquistar y eliminar a quien ocupaba la tierra prometida.

Y la historia reciente también lo confirma.

Al final de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña hizo tres promesas contradictorias sobre Palestina:

  1. A los franceses les ofreció repartirse el Medio Oriente (Acuerdo Sykes-Picot).
  2. A los árabes les prometió un gran estado independiente si se rebelaban contra los otomanos (Cartas Hussein-McMahon).
  3. Y a los judíos les garantizó un “hogar nacional” en Palestina (Declaración Balfour).

El resultado fue un terreno minado de expectativas rotas, reclamos cruzados y traiciones encubiertas. Cuando el mandato británico permitió una creciente inmigración judía hacia Palestina, los árabes locales se sintieron despojados. Y cuando en 1948 se fundó el Estado de Israel, se consolidó una herida que hasta hoy sigue abierta.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial no todo estaba dicho.

Una vez más, la promesa espiritual se cruzó con los intereses geopolíticos. Y cuando la política usa la fe como moneda, el precio suele pagarlo el pueblo. Y hoy, seguimos viendo las consecuencias.

  • ¿Está justificado que Palestina haya atacado a Israel, desatando una nueva ola de horror?
  • ¿Está justificado que Israel haya respondido con una declaración de exterminio total?
  • ¿Está justificado que Donald Trump haya sugerido quitarle el territorio a Palestina para convertirlo en un paraíso turístico?
  • ¿Está justificado que Israel haya atacado a Irán, arrastrando a más países a la espiral de guerra?

A estas alturas, ¿qué importa quién empezó? ¿Qué importa quién prometió qué? ¿Qué importa si estaba o no justificado?

Las bombas nunca caen sobre los líderes que provocaron todo esto.
  • Porque lo más terrible no son las promesas rotas, sino los cuerpos destrozados con misiles.
  • No son las alianzas políticas, sino las infancias sepultadas bajo escombros.
  • Lo peor no es la religión usada como escudo, sino que las bombas nunca caen sobre los líderes que provocaron todo esto, sino sobre gente común que ni siquiera sabía que estaba en guerra con otros pueblos que jamás ha visto ni ha odiado.

Quizás ya no se trata de religión o de política. Quizás ya solo se trata de dignidad humana.

Salomón Pascal.


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