En el siglo I de nuestra era, el «aureus», una moneda que contenia alrededor de 8 gramos de oro, fue emitida por el emperador romano Julio César. Esta se transformó en una forma de pago convencional en todo el Imperio Romano. Pero cuando el crecimiento del imperio comenzó a disminuir, los gobernantes iniciaron un «recorte» de la moneda, a escondidas le quitaban parte del oro que tenían las monedas para fortalecer el poder adquisitivo del gobierno.

Quizás haya sido una manera sencilla de conseguir poder adquisitivo por parte del Imperio, pero con el tiempo hizo aumentar la inflación y provocó una serie de crisis económicas que al final terminó por causar la caída del antiguo Imperio Romano.
No obstante, el patrón oro presentaba un gran inconveniente: ese metal debía ser conservado en bóvedas bancarias. Eso facilitaba el canje de papel moneda por oro, pero a la vez establecía un método muy centralizado en el que los gobiernos administraban el valor del papel moneda. Si querían, siempre podían incrementar la impresión de dinero sin aumentar la cantidad correspondiente de oro. En otras palabras, la capacidad de venta del papel moneda estaba totalmente a su favor.

En 1914, la mayoría de las potencias europeas tomaron la determinación de beneficiarse con esta circunstancia. La Primera Guerra Mundial había comenzado y precisaban dinero en efectivo para solventar sus operaciones. En lugar de generar ingresos con más impuestos, copiaron el método de los romanos y se dedicaron a imprimir dinero. Sin contar con el respaldo del oro, se producían más billetes sin añadir el oro correspondiente a las cajas fuertes de los bancos. Luego de unas semanas, los países que luchaban en la Primera Guerra Mundial habían dejado sin efecto la convertibilidad del papel moneda en oro. Esto es, habían renunciado al «patrón oro».
Eso tuvo dos consecuencias. En primer lugar, ese caudal de dinero en efectivo ayudó a los gobiernos para continuar la guerra durante 4 años con alrededor de 20 millones de personas asesinadas. La segunda secuela de esta oleada de impresión de dinero fue debilitar considerablemente el poder adquisitivo de las monedas existentes. La corona austro-húngara, por ejemplo, cayó 68.9% al lado del franco suizo, un dinero que seguía vinculado al patrón oro ya que Suiza tomó la decisión de permanecer neutral y no participar en la guerra. Estos factores desempeñaron un rol fundamental en la reconstrucción de la vida económica de la Europa de posguerra.






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