Hace apenas 40 años, Shenzhen solo era un conjunto de campos de arroz. Hoy, es la ciudad más futurista de China: un símbolo de lo que la visión política, el compromiso colectivo y un modelo mental orientado al bien común pueden lograr. Su transformación comenzó cuando, en 1980, fue declarada la primera Zona Económica Especial del país, un laboratorio de desarrollo que supo aprovecharse gracias al trabajo conjunto entre gobierno y ciudadanía.

¿Y cómo empezaron? A pesar de lo que cada persona puede pensar, no iniciaron como miles de millones de dólares. Fue algo más básico y económico: su modelo mental acerca del transporte público. En Shenzhen este servicio no se ve como un lujo, mucho menos negocio para unos cuantos. Lo entiende como un derecho para cada uno de los ciudadanos. Y así, el gobierno ha invertido en un sistema ejemplar:
- Más de 16,000 autobuses eléctricos, toda su flota es libre de emisiones contaminantes.
- Más de 500 km de líneas de metro, construidos en apenas dos décadas, con estaciones limpias, accesibles y seguras.
- Infraestructura que hace posible que el 100% del transporte público funcione con energías limpias.

¿Y dónde está el secreto o el truco? El secreto no está en los millones invertidos. El verdadero cambio proviene de la mentalidad: un gobierno que no ve el transporte como fuente de lucro, sino como herramienta para la productividad y la cohesión social. Porque un trabajador que llega cómodo, seguro y a tiempo es un ciudadano que construye.
La lección es clara: el progreso no depende solo del dinero, sino de un modelo mental donde el bien común esté por encima del interés particular. Shenzhen lo entendió. ¿Cuándo lo haremos nosotros?






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