Estados Unidos ha movilizado buques de guerra cerca de las costas de Venezuela. De inmediato, la pregunta vuelve a resonar: ¿quiénes son los buenos y quiénes son los malos? Una pregunta vieja como la historia misma, pero que cada generación intenta responder desde trincheras distintas.

Por un lado, está el gobierno que manipula resultados, leyes y recursos para aferrarse al poder. Los efectos son claros: crisis, pobreza, desigualdad, inseguridad. Y cuando las grietas se hacen evidentes, aparece el discurso del enemigo externo: “la culpa es del imperio, del capitalismo, de la injerencia extranjera”. El guion repetido de dictaduras que se autoproclaman víctimas, mientras su propio pueblo sufre.

Por el otro lado está el supuesto salvador del mundo, ese defensor que nadie eligió. El mismo que crea desestabilidad económica y política, que señala sin pruebas y que, llegado el momento, despliega todo su poderío militar con la bandera de la democracia. No es nuevo: ya en 1945 presumió al mundo sus dos bombas atómicas, no únicamente para obligar a Japón a rendirse, sino para enviar un mensaje intimidante a la Unión Soviética. Desde entonces, la fuerza bruta se ha convertido en su carta de presentación. Pero las preguntas incómodas persisten: ¿fue Irak más libre tras la invasión de 2004 con el argumento de las armas químicas inexistentes? ¿es Libia un país próspero después de la caída de Gadafi en 2011? El resultado muchas veces no es democracia, sino un caos diferente.

Y aunque se trate de pueblos distantes entre sí —en Medio Oriente, África y América— terminan compartiendo un mismo denominador: petróleo, riqueza natural, intereses económicos. Es difícil llamarlo coincidencia.

Pero hay un tercer actor en todo esto: el pueblo. Queremos libertad y libre albedrío, pero olvidamos que estos exigen responsabilidad. Nos dejamos arrastrar por discursos, banderas e himnos, sin detenernos a entender qué historia, qué interés o qué manipulación hay detrás. Al final, participamos en guerras bélicas o ideológicas sin obtener beneficio alguno.

La verdadera pregunta no es quién es el “malo”, sino quién evade su responsabilidad: el gobernante que se aprovecha del poder, el imperio que se aprovecha de los débiles o el ciudadano que se conforma con la ignorancia.

Los conflictos internacionales seguirán repitiendo el mismo guion mientras cada actor rehúya su parte de responsabilidad. Tal vez los pueblos nunca sean totalmente libres hasta que comprendan que la justicia no se impone desde afuera ni se delega en caudillos, sino que se construye desde adentro.

Porque más allá de los buenos contra los malos, lo que destruye al mundo son los irresponsables.

Salomón Pascal


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