En los últimos años, hemos visto cómo el populismo deja de ser un estigma exclusivo de la izquierda para convertirse en un espejo que refleja debilidades en todo el espectro político. Antes, se asociaba casi de manera automática con movimientos que prometían redistribución y justicia social con respuestas fáciles. Hoy, la gente es más astuta: entiende que el populismo no tiene bandera ideológica fija. Puede vestirse de cualquier color, de conservadurismo o de progresismo, siempre que sirva para captar emociones y votos rápidos.

Entonces, ¿qué es el populismo en palabras claras? Es decirle a la gente exactamente lo que quiere oír, aunque eso implique torcer la verdad o prometer lo imposible. Un atajo para el poder que prioriza el aplauso inmediato sobre soluciones verdaderas y duraderas. Y aquí va lo esencial: quien engaña para ganar, abandona la honestidad como brújula. Esa «llave al infierno» que Dante describía no distingue entre derechas o izquierdas; es un vicio humano, universal, que erosiona la confianza en las instituciones y deja a las sociedades más vulnerables.
Para ilustrar esto, miremos un caso actual y doloroso: el asesinato de Carlos Manzo, Alcalde de Uruapan, Michoacán, el 1 de noviembre de 2025. Ocurrió en plena Plaza Morelos, durante el Festival de las Velas. Manzo, un líder local harto de la inseguridad, había alzado la voz contra un entorno insostenible: crimen organizado que asfixia a las comunidades, recursos insuficientes y un silencio gubernamental que duele más que las balas. El ataque —un joven de 17 años como autor material, abatido en el sitio, y dos más detenidos— no fue solo un crimen; fue el clímax de un sistema al límite. Nadie lo vio venir, pero todos lo intuían. Como dice el refrán, la realidad siempre supera a la ficción.

El gobierno federal y estatal reaccionó con una frialdad inicial que rayó en lo deshumanizante: declaraciones tibias, promesas vagas y un «Plan Michoacán» sacado del sombrero días después, como si bastara con anuncios para apagar el fuego. ¿Abandonaron a Manzo? Es probable, sí. Él pedía ayuda concreta —más policías, inteligencia compartida— y solo halló silencio. ¿Y el otro lado de la moneda? ¿la oposición? Esa que se dice «la otra parte del gobierno», tampoco movió un dedo cuando Manzo estaba vivo. No exigieron recursos ni lo respaldaron en sus reclamos. Ahora, con el féretro aún caliente, salen con sombreros puestos —simbolizando su estilo combativo—, discursos parecidos a los que daba Carlos Manzo en vida y hasta «festivales» organizados para canalizar el enojo popular. ¿Capitalizar la tragedia? Eso es populismo puro: oportunismo disfrazado de empatía, que enciende fuegos para luego venderse como bomberos.

¿Quién sale peor parado? ¿Los que ignoraron el llamado preventivo o los que lo usan como escalón post mortem? Ninguno brilla, y ahí radica el problema. Ambos bandos practican el mismo engaño: prometen protección cuando conviene, pero evitan las manos en la masa cuando duele. Protestas en Uruapan gritan «¡Fuera Claudia!» ante el féretro, mientras el gobernador Ramírez Bedolla victimiza su propio pasado —su padre asesinado hace 40 años en la misma ciudad— para desviar el foco. Es un ciclo vicioso donde la honestidad se pierde, y la ciudadanía queda atrapada en el medio, exigiendo: no más shows, acciones y escuchar sin calcular votos.






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