El 10 de octubre de 2025, Poza Rica enfrentó una de las inundaciones más devastadoras en su historia reciente, superando incluso la de 1999. Las lluvias que provocaron el desbordamiento del río Cazones, afectaron a miles de hogares y causaron pérdidas humanas en la región norte de Veracruz. Más de 16,000 viviendas resultaron dañadas, y el saldo nacional de fallecidos por estas precipitaciones ascendió a al menos 76 personas, con un impacto concentrado en áreas como Poza Rica. Este evento no solo resalta la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos cada vez más intensos, sino que también abre un debate esencial sobre cómo transformar la adversidad en un catalizador para el progreso urbano y social.
Como reza el dicho popular, después de la tormenta llega la calma, pero en contextos como este, también surge un abanico de oportunidades que podrían no repetirse en generaciones. La reconstrucción forzada de Poza Rica representa un momento único para priorizar infraestructuras resilientes, seguras y equipadas con tecnología adecuada. No se trata de soñar con lujos innecesarios, sino de invertir en instalaciones que atiendan las necesidades de residentes, visitantes, empresarios y empresas, asegurando un desarrollo sostenible que beneficie a las próximas generaciones.
Un ejemplo concreto es el anuncio de una nueva central de autobuses, programada para marzo de 2026, con una inversión de 200 millones de pesos por parte de la empresa ADO. Esta iniciativa no solo rehabilitará un punto clave de movilidad, afectado gravemente por las aguas, sino que promete espacios más amplios, seguros y eficientes para quienes entran y salen de la ciudad por motivos de estudio, trabajo, negocios o turismo. De igual forma, se analiza la posible reubicación de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Veracruzana, una de las instituciones educativas más relevantes en la zona norte del estado. Los daños estimados en este campus superan los 75 millones de pesos, y aunque la rehabilitación inmediata es prioritaria para reanudar clases posiblemente en diciembre de 2025, la reubicación a mediano plazo podría costar hasta 450 millones, enfocándose en entornos menos expuestos a riesgo de inundaciones.
Estos proyectos invitan a reflexionar sobre lo que define a una ciudad moderna y vanguardista en el contexto mexicano. Más allá de edificios imponentes o medidas superficiales, el énfasis debe estar en la resiliencia ante el cambio climático, la integración de tecnologías para la prevención de desastres y la eficiencia en el uso de recursos públicos. Poza Rica, con su herencia petrolera, tiene la oportunidad de evolucionar de un modelo heredado de hace siete décadas a uno adaptado al siglo XXI, donde la conectividad, la educación, la seguridad y la salud se fortalezcan como pilares del desarrollo regional.
Sin embargo, detrás de toda iniciativa exitosa hay decisiones informadas y ejecutadas con competencia. Aquí radica un desafío político clave: optar por enfoques basados en conocimiento técnico y visión estratégica, en lugar de criterios efímeros o partidistas. La reconstrucción no debe sacrificar calidad por rapidez, sino priorizar la eficacia y la veracidad en la planificación.
En un entorno global donde los eventos climáticos extremos se intensifican, Poza Rica puede convertirse en un modelo de cómo las crisis impulsan transformaciones positivas. La clave está en capitalizar estas oportunidades con una perspectiva que trascienda lo inmediato, fomentando un progreso inclusivo y duradero. De esta forma, no solo se reconstruye una ciudad, sino que se forja un futuro más seguro para todos.
P.D. Instalaciones nuevas, modernas, resilientes, inclusivas y a la vanguardia tecnológica, no están peleadas con austeridad republicana, pero si con la incompetencia humana.
Salomón Pascal






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